ESTOY EN SANTA Cruz de la Sierra, en un foro internacional de negocios con la base de la pirámide y, a mi lado, una muchacha ríe a carcajadas. Está leyendo un diario donde se burlan de personalidades de Bolivia. Es bonita, anda en los veintipicos y está terminando la carrera de economía. Lee el periódico todos los días porque quiere estar informada, dice. Está en esa sala de prensa contratada como personal de apoyo del foro. No me pregunta a qué me dedico, pues lo ve: estoy escribiendo con la mesa repleta de papeles. La chica tiene una conversación divertida, pero nada de eso me hizo prever lo que siguió.
- ¿Por qué ustedes, los periodistas, cuando publican fotos de Bolivia ponen a una cholita, eh?— dispara. Ay...
- Los crúceños también somos bolivianos. No todos somos aymarás. Acá hay gente linda— remata
La chica rescató de mi memoria un hecho patético. Ocurrió en mayo de 2004, cuando durante la elección de Miss Universo le preguntaron a Gabriela Oviedo, la cruceña y bella Miss Bolivia, cuál era uno de los conceptos más erróneos sobre su país. "Desafortunadamente... hummmm... la gente que no conoce mucho Bolivia piensa que todos somos indios, pero es La Paz quien refleja esa imagen, esa gente pobre, gente de baja estatura, gente india", respondió en inglés. "Yo soy del otro lado del país, del este, que no es frío, es muy caliente. Nosotros somos altos y somos gente blanca y sabemos inglés".

Lo menos que la Miss cometió fue una brutalidad, pero no fue casual. En toda América Latina hay un profundo desprecio por las comunidades precolombinas. Lo que a Bolivia son los aymarás, a Chile son los mapuches y a Nicaragua los misquitos. El norte argentino, tierra de wichis, matacos y aymarás, es otro país para Buenos Aires. En Perú hay una desembozada resistencia a los cholos. En México, donde el 60% de la población es de origen indígena y el 30% mestiza, pocos admiten ser parte de una sociedad racista.
La profundidad del problema, para más, no cabe en las agendas públicas. Los presupuestos para programas de integración cultural, racial o étnica son aún inferiores a los pequeños fondos destinados a educación . La cuestión étnica tiene escasa presencia en las grandes reuniones de presidentes y, cuando aparece, suele acabar en ejercicios declamatorios. Una parte del trabajo inclusivo, por ende, ha quedado en manos de unos pocos organismos sociales o privados, como el Instituto Ethos, en Brasil. Sin embargo, a pesar del trabajo de Ethos, que busca insertar a la comunidad negra brasileña en el mercado, nuestras sociedades operan en piloto automático reproduciendo un patrón cultural trasvasado por siglos. Esto es, nuestras élites son blancas o mestizas de rasgos europeos; el fondo de la sociedad es indio, negro o mestizo, no europeo. Los blancos mandan; los demás obedecen o se quedan fuera.
A mi regreso a Bolivia tuve la última impresión sobre el tema. Dove, la marca de productos de higiene personal, tiene a nivel global una campaña para promocionar los resultados de sus productos usando fotografías de mujeres reales, no de modelos . La idea me sienta bien. Pero hace unos días, volviendo de un almuerzo, vi una gigantografía de Dove en la intersección de Campos Elíseos y Arquímedes, en Ciudad de México. Había una linda muchachita rechoncha, una atractiva treintañera y una delicada señora de sesentitantos. Todas mujeres comunes, pero ninguna con rasgos amerindios. Por esa gigantografía , en una revista local de negocios se preguntaban si la publicidad mexicana era racista.
Y es curioso, pues exclusión y segregación preceden largamente a esos problemas sociales propios del proceso de modernización del siglo XX. Tienen más de 500 años y siguen desatendidos.
Y todos somos parte del problema. Me basta recordar un episodio ocurrido en mi última noche en Santa Cruz. Habíamos salido a un pub de la ciudad donde nos dimos con la visión de Miss Bolivia: las chicas no eran aymarás, eran occidentalmente bellas y bailaban calientes ritmos de salsa y reggaeton. Yo no sé danzarlos, pero, gregario, acabé con mi grupo alrededor de tres mujeres de físico portentoso que movían las caderas como Shakira. Estaba fascinado, hasta que por la puerta apareció una alemana. Alta, rubia, de ojos celestísimos y una sonrisa blanco Colgate. Entonces dejé a las chicas bolivianas y me fui a conversar con la walkiria.